Era el tipo de persona que alegra el día, hijo de población obrera, con grandes sueños, fanático del fútbol y meloso halagador de féminas, siempre optimista, aunque el día estuviera nublado y los pensamientos tristes.
Su padre era un suboficial del ejército, por consiguiente pobre. universitario penitente, que sabía que ahí estaba la oportunidad de mejorar el perfume, vivía para el deporte y la política, los domingos de cancha de tierra en la mañana, y con los contactos al atardecer.
Nos veíamos apenas, me llamó la atención su inevitable respuesta al saludo de ¿Cómo estás? La respuesta siempre fue… espléndido!
Aunque arreciara el hambre y la congoja.
En aquella oportunidad fuimos a su casa para pedirle la lista de compañeros de la Facultad que estaban dispuestos a participar...
Caminando hacia ella, sentimos el ulular de una sirena, instintivamente nos alejamos de la vereda, nos sobrepasa una patrulla, dos coches, militares adentro, se desplazan rápidamente por la calle y se detienen frente a la casa que era nuestro destino.
Desciende un militar, pequeño, moreno, de piernas arqueadas; entra rápidamente, a la casa, no necesita golpear, le abren la puerta, se desplaza hacia la pieza de nuestro amigo y le pregunta ansiosamente, " la lista, dáme la lista!
”…no sé de que hablas….” responde el joven….
Entonces “…Deberé llevarte al cuartel…” le dice el militar, el chico levanta los hombros, ¿Eso es lo que tienes que hacer? Le pregunta….
El suboficial asiente con la cabeza…..
La mujer que en el dintel de la puerta escucha, aprieta compulsivamente las manos sobre el delantal, el cuarto se inunda del olor a la comida cotidiana, la olla hierve sin parar en la cocina.
Sus ojos trasuntan tristezas, penas infinitas, sin lágrimas.
El chico levanta los brazos, cruza las manos detrás de la cabeza, inicia el camino a la calle, el militar lo detiene, manotea y grita “… ¡así no!.... “… ¡así no!....sale normalmente, y sube al auto…”.
El militar le pasa un bolso deportivo a la mujer y le dice "...póngale algo de ropa..."
El universitario baja sus manos, hunde los hombros y la cabeza, se aproxima a la puerta de su casa de siempre, la abre y se adelanta al sol, mira el barrio, al frente el almacenero, a un lado la señora Georgina y en la casa del otro lado, los bulliciosos vecinos de siempre, ahora asombrados, sin entender; mira hacia la esquina, nos ve, sin mirarnos.
El padre le toma la cabeza y la baja para que no se golpee con el techo del auto, sube al asiento trasero, muchas veces lo había hecho antes; tres atrás, el chico al centro, el militar le dice “….agáchate, no quiero que los vecinos vean que te llevo preso….”
El chico apoya su cabeza en las piernas del padre, éste le cubre, con una frazada, el coche emprende la huida, vuelve a sonar la sirena, las lágrimas ruedan bajo la manta y mojan los pantalones del militar, el coche se va al cuartel, misión cumplida.
Desde la esquina vemos como la patrulla dobla la esquina y desaparece, una mujer con un bolso deportivo en sus manos, llora detrás de la puerta, es sábado, hora de almuerzo. Nadie vendrá.

Triste el relato. Y tan real como un aguacero. En un instante, aquel jóven, que tal vez soñaba con tantas cosas, será desaparecido, como si la vida de los hombres fuera una leve brizan solitaria.