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  • El día del padre

    Entró en el cuarto con la decisión tomada, era el momento de marchar, sacó del closet su antiguo bolso deportivo azul, y comenzó a meter en él, lágrimas y ropa, hasta que las primeras se acabaron y las segundas coparon la capacidad del envoltorio.

    Se lo colgó del hombro, metió en los bolsillos de sus jeans las fotos del velador, tomó el chaquetón de castilla y salió raudamente del cuarto, su destino, incierto, en principio atravesar la cordillera y alejarse de ella lo más posible.

    No tenía otra posibilidad, o se iba, o nuevamente lo iban a apresar y el regimiento de Tejas verdes, no era algo que deseara volver a ver.

    Quería dejar atrás la Digeder ese el organismo estatal, a cargo de la difusión nacional del deporte donde trabajaba, en él debía organizar los talleres deportivos para trabajadores en las fábricas, en las actuales circunstancias, eso era considerado un trabajo político y hasta insurreccional.

    Todo comenzó en el pedagógico, cuando el profe de deporte, en su último año de la carrera le ofreció ese trabajo para la temporada estival, lo hizo más entusiasmada que eficientemente, pero era una oportunidad que no se podía desaprovechar, si su norte eran las clases en un colegio de la capital, esta posibilidad era superior a sus expectativas, no sólo por el sueldo de por sí sustancioso, sino por las proyecciones laborales que tenía.
    Además permitiría acelerar los planes con Paula, la novia universitaria, la esperaría a que terminara el año faltante de su carrera, mientras Juan se consolidaba en ese nuevo horizonte laboral.

    Pero todo fue interrumpido por el golpe, la verdad es que él no se interesaba en la política, lo suyo era otra cosa "...el deporte, no tiene posición política, es bueno para todos??, pensaba Juan, pero no todos suponían lo mismo, se lo hicieron saber el lunes en que se reintegró al trabajo. Fue recibido por un comité cívico militar que sin explicaciones lo subió a un camión donde se encontró con parte de su equipo.

    Don Pedro, el Pepe, Mario, casi el equipo completo, ??..profe! ¿Que hace aquí?..?" Preguntaron con asombro e incredulidad, el profe sólo buscó un asiento en una esquina y se sentó, bajó su cabeza entre los hombros, el camión emprendió la marcha??

    Desapareció por tres meses, nadie supo nunca de él, simplemente un día regresó al hogar a recoger sus enseres personales, a llenar el bolso azul, no dejó una carta, tampoco un comentario, sólo largarse, huir mas allá de los andes, abandonar lo querido, a Paula a y sus familiares, irse, dejarlo todo.

    En Buenos Aires las cosas no eran fáciles, pudo comenzó a trabajar de obrero de la construcción, a extrañar a Paula y a formar parte de una cuadrilla que debía derribar un viejo edificio, en la calle Corrientes del número 348, si, como en el tango.

    Lo recibieron bien, había un asado y también vino, se le destinó un cuarto de madera como habitación, al final de la hilera, tenía una cama, un banco y ciertos compañeros inesperados que sólo las noches le iban a permitir conocer.

    Su día empezaba a las ocho, con un gran mazo llamado ?combo? las emprendía a golpes a las añosas paredes, golpe tras golpe, frenéticamente, uno tras otro, golpear y golpear, casi no hablaba, sólo aporrear paredes, destruir ladrillos. Pensar en Paula, paraba al almuerzo, eso permitía compartir con los otros obreros. Los temas casi siempre los mismos, carnes, vino y mujeres.

    Al poco tiempo supieron que era profesor, eso le dio un estatus diferente, de hecho su profesión pasó a ser su nombre, era ?el profesor?, se convirtió en el encargado de los discursos y las palabras sentidas, posiblemente por su sentida e inseparable melancolía, luego nuevamente a golpear antiguas paredes de ladrillo, eran los momentos que tenía para pensar, en su patria, en Paula, no habían noticias de Chile, solo golpes, literalmente.
    La noche tenía su afán, al atardecer se sentaba en el alfeizar de su pieza, un vaso de agua, mirando fijamente las nubes del atardecer, en ellas buscaba el rostro amado, el cansancio físico lo entumecía progresivamente, hora de acostarse, había que disputar el catre con cucarachas y ratas, que transitaban libremente por las provisorias viviendas, la noche era un continuo luchar en contra de las primeras, las segundas, sabía él que se desplazaban por el piso raudamente.

    Era el primero en levantarse en la madrugada, las manchas rojizas de su torso y espalda daban cuenta de una batalla perdida, se inicia un nuevo día, nuevos golpes, tristeza, carne y vino. ¿Qué será Paula?

    En una de las mañana, entre polvo y sudor lo llama el capataz, Juan se limpia el sudor de la frente y camina cruzando parte de la obra, cubierto de ese polvillo que se adhería a la piel dándole un matiz plomizo, -Toma de dice el capataz y le adelanta una arrugada carta, la trajeron unos amigos que sabían que andabas por acá le señala. Silencioso como siempre, el profesor obrero levanta su mano y mira el sobre, en él reconoce la letra de la amada, rasga el añoso envoltorio y se sienta en la sombra, comienza a leer.

    Luego Juan vuelve al trabajo, toma nuevamente el combo y reinicia sus ya rutinarios golpes a los muros, pasan las horas, a media tarde deja sus herramientas de trabajo y marcha presuroso a los baños, una rápida ducha para entrar presuroso a su hogar de madera, toma el bolso azul, las fotos, la ropa, sale presuroso se acerca al capataz y le solicita la cancelación del jornal, - vuelvo a Chile le señala, es urgente.

    Ya era noche cuando logra subirse al avión en Ezeiza, los paisajes oscuros brillaban como los ojos de Paula, cerró los suyos y pensaba en nombres, pensando, pensando. A medianoche llega a Pudahuel, desciende de los primeros, con su bolso al hombro se coloca en la fila de ingreso, entrega sus documentos en la ventanilla, no hay equipaje que retirar, recibe los papeles y un formal ? ?? buen día, bienvenido a Chile?? le señala el funcionario, se acerca a la aduana, deja su bolso en la correa transportadora y lo retira a los pocos metros, lo toma y se traslada a la salida, camina por el pasillo y sale a la puerta del aeropuerto, el frio de la capital lo recibe bruscamente, recuerda que hay unas micros que lo llevarán al centro de Santiago, vislumbra una de ellas y se desplaza a su encuentro.

    Es bruscamente interceptado por una pareja de militares, quienes se acercan a él gritándole su nombre, no alcanza a darse vuelta cuando le arrebatan el equipaje y lo empujan a la pared, lo encañonan, confirman su identidad, le ponen un capuchón negro, lo toman firmemente de los brazos y los trasladan 5, 10 metros, lo suben a un vehículo, ahora gritos y órdenes, siente el ruido de un motor que se pone rápidamente en marcha, a los pocos metros siente una voz que le pregunta ? ¿Pa´que volviste infeliz, ¿no sabís lo que te espera? Juan desde la oscuridad responde ?...Paula está embarazada, voy a ser padre, el ruido del motor que acelera, acalla las risas de los soldados, entre ellas sobresale un comentario, "...que suerte tenís, hoy es el día del padre...", la camioneta se desplaza raudamente al regimiento de Tejas verdes.

  • La reunión del Consejo Regional del Partido

    Eran aquellos años donde comenzaba la vida laboral, los tiempos en que las ilusiones se enfrentaban a la realidad de la subsistencia, donde coexistían el temor y las ansias de no abandonar el camino recorrido.

    El salario del primer trabajo alcanzaba para el pan de cada día, una comida diaria, la locomoción y dos discos de bossa nova, aún así, la idea de vivir solo me llevó a ofrecerme, para cuidar el departamento de la abuela materna, que debido a su avanzada edad, era casi un huésped permanente de la casa de mis padres, así que cambiamos, por algún tiempo, pieza por casa.

    Antigua como todas las moradas de abuela, muebles y barrio con historias, las campanas de la iglesia San Francisco me despertaban cada domingo, añosos enseres no eran obstáculos para disfrutar de esos primeros años de autonomía, por razones que nunca pude comprender, todo en aquel departamento era de tres, tazas, platos, ollas, vasos, sillas, etc.

    En la única pieza había una ventana que daba a la calle cubierta de adoquines, sobre ella me encaramaba para fumar el último melancólico cigarro del día, escuchando los sones emitidos por una antigua radio a tubos que funcionaba por milagro, cada noche antes de dormir, miraba las antiguas construcciones, la calle iluminada con débiles faroles, le daban un aspecto tétrico y de abandono.

    Los amigos envidiaban aquella guarida, el imaginario colectivo le había atribuido el poder de convertir los sueños de adolescente en realidad, cuando la verdad es que la única compañía era la enorme y gorda gata de la anciana vecina, un animal que con sus lengüetazos hacía más fácil la labor de lavar los platos de la semana.

    Cada nuevo día era igual al anterior, trabajo al inicio, vuelta al atardecer, comida y sueño nocturno, siempre así de lunes a sábado, sólo las campanas de recinto religioso eran la expresión de un domingo de descanso.

    Ricardo era mi compañero estrella, era el único del grupo universitario que aún desarrollaba lo que él denominaba trabajo político, nunca supe su real importancia, pero el hecho fue que después de reiteradas peticiones, accedí a prestarle el departamento por una tarde, para hacer una clandestina e importante reunión del “Comité regional” del partido, cónclave de líderes, la única condición que le puse fue que dicho encuentro debía terminar a una hora que no generara suspicacias, es decir al anochecer, cuestión aceptada sin inconvenientes.

    El encuentro se realizaría en pleno invierno santiaguino, durante un día del mes de julio, serían 8 visitantes que llegarían alrededor de las nueve de la mañana para retirarse a media tarde.

    Mientras preparaba los porotos que serían mi comida de la noche siguiente, llegó Ricardo, enfundado con una parka y la cara semi - cubierta con una gruesa bufanda artesanal, la noche era más oscura de lo habitual, traía un cierto aire misterioso e inquietante, un leve arrepentimiento cruzó por mi mente, pero ahí no mas quedó, la amistad y la solidaridad fueron mayores.

    Al salir en la madrugada del día siguiente, le señalé a Ricardo que me dejara las llaves en la casa de la vecina, así no tendría inconvenientes para ingresar a la vuelta.

    El día transcurrió normal, ocasionalmente mis pensamientos se conectaban con lo que estaba sucediendo en casa de la abuela, algunas veces pensé en pedirle que cuidara los muebles, pero bueno, en estos momentos se estaban resolviendo problemas muchos más importantes que aquellos que por mi cabeza rondaban.

    Adelanté un poco la salida, quería saber que había sido de esa convención clandestina, a las 17.00 hrs aproximadamente salí a la calle, el frio atardecer me heló bruscamente la cara, un estremecimiento recorrió mi cuerpo, el frio penetraba abruptamente, - “…no importa…” pensé, caminando rápidamente llegaré más rápido y en el trayecto me entibiaré, así lo hice, rápidas zancadas me acercaron prontamente a la calle de destino, poca gente en la calle, una más, de las tristes noches del Santiago invernal.

    A una cuadra de la casa, a mis espaldas empiezan a sonar una bulliciosas sirenas y el estruendo de motores exigidos a una velocidad, fuera de lo normal, me superan rápidamente tres y cuatro vehículos de vidrios polarizados, algunos individuos sacan medio cuerpo por las ventanas traseras, empuñan unas pequeñas ametralladoras, ahora siento el frio del susto y el temor, doblan por la calle de mi casa, empiezo a sentir una transpiración helada, a pesar de eso acelero, aunque disimuladamente mis pasos, para llegar a la esquina.

    Veo en la puerta del edificio autos con sirena, un radio patrulla, cinco civiles y un número similar de uniformados vestidos para el combate, sus caras surcadas por gruesos trazos de pintura negra, portaban armamento y no se preocupaban de ocultarlo, las sirenas ya no sonaban, pero su giratoria luz le daba cierto aspecto aterrador al cuadro.

    Me detuve como a veinte metros, el temor me inmovilizó, dirijo mis pasos y me paro frente a una puerta, como si estuviera a punto de entrar, buscaba las llaves, de reojo miro la escena, civiles y militares entraban y salían del edificio.

    Ante la incertidumbre resolví que lo mejor era volver hacia la esquina y mirar desde la distancia, junto a dos o tres personas que circulaban a aquella distancia.

    Algo muy grave estaba pasando, los allanamientos eran temidos por su virulencia y crueldad, decidí esperar el desarrollo de los acontecimientos, me paseaba por la cuadra, la fría noche ya era espantosa, en cualquier momento iba a sentir disparos, vería los muertos, así pasaron las horas, ya casi era medianoche, tiritaba no sé si de miedo o de frio, caminaba de una esquina a otra.

    La situación no había cambiado, los invasores seguían con sus armas en la calle, se aproximaba el toque de queda, no sabía qué hacer. Ya no había transeúntes.

    Sorpresivamente el grupo enciende nuevamente las sirenas y emprende la retirada en forma súbita, desde la esquina veo desplazarse raudamente la comitiva, al cabo de pocos minutos, silencio, absoluto silencio, miro el reloj y emprendo la carrera a la casa, el corazón contraído por la desazón y la incertidumbre, al edificio, no parece haber rastros de sangre, subo las escaleras saltando los peldaños, me detengo frente a la puerta, busco la llaves, me percato que no tengo, el pasillo oscuro, empujo la puerta no se abre, la intento abrir no cede, golpeo muy suavemente, nadie contesta, es obvio.

    Comienza el toque de queda, no puedo salir, deberé pasar allí la noche, no sé qué hacer, me siento en la escalera, pienso en lo mal que lo debe estar pasando mi amigo y lo mal que lo pasaré yo, sorpresivamente se siente la cerradura y se abre la puerta.

    Me levanto de un salto, y veo a Ricardo aparecer, despeinado y estirándose, bostezando y aún somnoliento me señala – “¿…Y por qué venís tan tarde...?” - “….No vis que te puede pasar algo...” , entro apresuradamente y cierro bruscamente, respiro entrecortadamente, me apoyo en la puerta, mi amigo me dice....
    “ ……Sabís que después de la reunión me dio hambre….., me comí los porotos que habiay dejado y me acosté un rato, me dormí …….” –¿ …..Por qué tenís esa cara…..?

  • LE PILLÃ LA PULMONÃA

    Era Pedro, parte de nuestro original mundo estudiantil, de ese grupo donde las esperanzas corrían al lado de las realidades, donde corveteando la pobreza estaban los libros, los sueños y los apodos.

    Teníamos momentos donde nos uníamos para escamotear las horas de aula, ya sea para visitar la exposición de Cezanne a Miró, en un tropel disperso y avasallador o para invadir una de las primeras pizzerías del centro de Santiago, El Ravera, donde por unas módicas monedas, arrancadas de colegiales bolsillos, un mozo era capaz de repetir porciones; otras veces era el turno del rotativo de la mañana, aquel que empezaba poco antes del mediodía, en el cine Tívoli o el Rex, si el dinero de las entradas se lo entregabas encubiertamente al boletero de la puerta, era muy probable que entraran muchos por el precio de pocos.

    Pedro frecuentemente participaba de estos avatares, poseía una figura pequeña y regordeta, de cara redonda y pálida, se distinguía por la extraña posición de sus piernas cuando estaba de pie.

    Era uno más del curso, del último año de colegio público, donde la profesora jefe tenía nombre de madre y donde sus integrantes, sin saberlo, éramos testigos de uno de los más grandes vaivenes políticos de la patria.

    Se integró tardíamente al grupo luego de tener que abandonar prematuramente, el camino de su hermano, la senda militar, por una lesión en la rodilla, no pasaron horas cuando le fue asignado su apelativo, “diez para las dos”, por la forma de pararse, con los talones juntos y los empeines separados, como punteros que marcaban esa hora en un imaginario reloj en el suelo.

    Como en todo grupo, habían amigos y compañeros, cercanos del barrio y del curso, en uno de ellos estaba nuestro presidente, elegido año tras año, votación tras votación, de prosapia comunitaria, siempre preocupado por todos, algo más maduro que cada uno de nosotros, más formal, de oscuros anteojos de marco negro; el otro, aquel adolescente que incursionaba en terrenos amadores insospechados, alegre y perspicaz, y el discreto ex militar, a veces silencioso, otras combativo, pero siempre persistente de ideas.

    Cómplices en escapadas escolares y ocasionalmente de posiciones contrapuestas en campañas políticas, estos compañeros compartían libros y disputaban ideas, nada de eso menguaba una creciente y firme amistad.

    Cuando la puerta del colegio se cerró a nuestras espaldas, y los manuales escueleros quedaron en la reminiscencia, coincidió con el momento en que el tiempo de las manos empuñadas dieron paso a las marchas militares.

    Para unos, el imperativo económico y la prematura adultez obliga a ocupar escritorios en agrupaciones de empleados, municipalidades o bancos, para otros una silla universitaria, los menos a la expectativa de cualesquiera de las alternativas.

    Ellos siguieron conociéndose, las escapadas liceanas dieron paso a las laborales, la escamoteada colación de la mañana, a las comidas al anochecer, las experiencias de los recreos y el barrio, a las prácticas profesionales.

    Las vivencias eran otras, también las quimeras, las responsabilidades fueron creciendo y los compañeros se transformaron en amigos de la vida.

    A lo menos una vez cada tres meses, pescados y conejos eran engullidos y saboreados mientras la tertulia bullía inagotable ante relatos del acontecer nacional y laboral, seguían distintos, pero la amistad crecía, ya eran amigos.

    En aquella oportunidad “diez para las dos” llegó tarde al encuentro, ya los platos estaban servidos y las copas de vino eran llenadas por segunda vez, se sentó presuroso y taciturno en la única silla disponible en la circular mesa, se incorporó a la conversación, lo típico: mujeres, vino y política, recuerdos y sueños.

    Uno de ellos se desplazó hacia la barra a pedir más vino, el recién llegado le siguió y se plantó frente a él, en la barra, sin mediar nada le dijo: “…Oye… ¿ Sabís que más?...” “¡Te puedo matar…!” el asombro del interlocutor hizo que la botella tambaleara en sus manos, los ojos muy abiertos tras los gruesos lentes vieron como nuevamente modulaba la sentencia - “… ¡Te puedo matar…!”
    - “…pero… ¿Por qué decís eso….?” Le dijo el aludido, con un rápido movimiento “diez para las dos” sacó de su axila un revólver que puso sobre el mesón, lo cubrió rápidamente con la servilleta “¿…sabís lo que es eso?....”, si…, le dijo, extrañado su compañero de aula estudiantil, “…una pistola…”, mientras el tercer comensal, desde la distancia, acababa los últimos sorbos silenciosamente.

    Seguidamente, el chico armado se metió la mano al saco y sacó un carné “¡Toma, lee...!” señaló imperativamente, mientras la extendía, el aludido tomó la cédula y musitó “…Dirección de Inteligencia Nacional…”. De un manotón recuperó la identificación y moviéndola frente a los asombrados ojos “-sabís lo que eso, ¿cierto?..." Mientras resguarda el arma, su amigo le dice, “…-sí, es de la policía secreta…. ““ ya poh,¿Veis que te puedo matar?” “…si Pedro, pero ¿Por qué?...” - “…porque erís comunista po…”
    En eso llegó el tercer comensal criticando la tardanza y la necesidad de dotación líquida, los tres vuelven a la mesa, a pesar de todo la conversación vuelve a sus temas iniciales, pero algunos corazones latían apresuradamente.

    Pedro sólo asistió a tres encuentros más, cada vez más distinto, su pequeña figura comenzó a infundir terror, llegaba siempre tarde, abordaba con naturalidad y orgullo relatos plagados de implacables consignas, enfrentamientos, apresamientos, torturas y allanamientos, el vino era el mismo, el sabor, diferente, más agrio, difícil de ingerir, emergieron los silencios y las incertidumbres.

    A los pocos meses, en un periódico apareció la noticia de un enfrentamiento entre un grupo de para-militares con fuerzas de seguridad, en la calle San Isidro, la misma del restaurante, “… destruida cédula extremista, fallece un agente en el enfrentamiento….”

    Uno de los camaradas vio la fotografía del agente, creyó reconocer a su amigo, salió presuroso de su casa, corrió tres cuadras con el diario apretado en las manos hacia el hogar de su otro cofrade, le preguntó con la ansiedad propia de la situación……….
    “…sí compadre, es él…” respondió el otro, sin ponerse de acuerdo salieron rápido a la casa de Pedro, golpearon la puerta y les recibió el hermano militar, preguntan por el aludido, el familiar responde “… murió de pulmonía…” mañana es el entierro.

    No hay lágrimas de por medio, tampoco más preguntas.

    Al día siguiente, en la capilla del barrio, ambos acuden al velatorio, fue al atardecer, como en tiempos de los encuentros, llevan una corona de flores rojas, al ingresar al atrio vislumbran un ataúd de pino, diez o doce personas en la bancas adyacentes, se destaca la presencia de la abuela, la antigua polola y el hermano.

    La penumbra sobrecoge el ambiente, los amigos caminan cinco, seis metros, escasos rayos de luz de un atardecer casi extinto, traspasan los vidrios que iluminan el féretro, que tiene la tapa abierta en su parte superior, no hay palabras, llegan los caminantes, un rostro infantil y abultado atrás del vidrio, silencio.

    Los amigos lo miran, pensamientos íntimos, el tiempo se detiene, pudieron haber sido unos escasos segundos o latos minutos, depositan la corona a un costado del cajón, no había otra.

    Se acercan a quienes estaban en la primera fila, el hermano erguido de riguroso uniforme militar recibe el pésame, a su lado la ex polola, una abrazo ,un beso, luego una figura encorvada, afirmada de un bastón, la abuela, al recibir las condolencias con los ojos húmedos por las lágrimas les dice “…le pilló la pulmonía…” mijito, decía mientras les apretaba la mano “…le pilló la pulmonía…”, son innecesarias otras palabras, un abrazo, el adiós y de regreso a casa, enmudecidos.

  • Las doce trece, A.M.

    Lo que en un principio era una necesidad, al cabo de unos días se convirtió en un juego, eran los años de la adolescencia, con la cabeza llena de sueños y los bolsillos vacíos.

    La rutina de hace algunos meses me llevaba todos los días, al salir de la universidad, a la casa de la polola de aquellos tiempos, llegaba a su casa al terminar la tarde, con el corazón ardiente y el estómago vacío, saciada el hambre a punta de marraquetas con mantequilla, nos íbamos a recorrer las calle aledañas, en busca de los rincones de las plazas y los parques.

    Había toque de queda, eso quiere decir que a medianoche, cual cenicienta bajo la dictadura había que desandar el camino hacia el hogar materno, ocho cuadras de separación, cuadras de industrias, de puente con paso bajo nivel, de terrosas y solitarias canchas de fútbol y cuadrados edificios de departamentos, en uno de ellos, el hogar

    La urgencia de alargar las horas de romance creó la necesidad era llegar minutillos antes de medianoche, breves momentos después las patrullas militares se apoderaban de la ciudad y circulaban en oscuros jeeps con metralletas montadas en su techo, eran atemorizantes y tenebrosos transportes que se apoderaban de la desierta cuidad

    ¿El juego? Cada vez salir más cerca de las doce de la casa de la enamorada, cruzar las calles, escondido entre zaguanes, postes y sombras, correr atravesando las calles sin que alguna patrulla percibiera tu presencia, esparcimiento adolescente, expuestamente entretenido.

    La idea era salir de la casa ajena, con aires de tranquilidad, caminar algunos metros hasta que se acabara el eco del adiós, sentir la puerta cerrarse y emprender la carrera hasta la próxima esquina, eran cosa de segundos, desde allí otear la presencia de militares y así de escondrijo en rincón, de vereda en vereda, llegar a mi casa con aires triunfantes de haber vencido el temor.

    Esa actividad se desarrolló semanas y meses, acrecentándose en periodos estivales, casi convertida en un rutina.

    Un sábado de esos días, la salida fue, como casi siempre, pocos minutos antes del inicio del toque de queda, lo de siempre, la despedida, el chasquido de la puerta que se cierra y la rápida carrera hasta llegar al escondite de la esquina, veo que no hay nada adelante, camino rápido cerca de las paredes de las industrias, hasta llegar a la próxima bifurcación, silencio, solo faroles prendidos, doblo, me dispongo a cruzar el puente.

    Por alguna incierta y enigmática razón, en vez de trasponer el puente bajo nivel por arriba, donde está la línea férrea, me desplazo por abajo, por la peatonal, al lado de la calle.

    Sólo algunos minutos de iniciada la pendiente, cuando casi al llegar a la parte más baja de la calle, se escucha, en el silencio de la noche, un ruido de motor y luego de carreras y autoritarias voces de “Deténganse o disparo!” veo venir hacia mí, corriendo a una pareja, al acercarse aprecio que ambos denotan los rasgos propios de quienes están llegando al límite de sus fuerzas, al cruzar mi presencia, rojos de temor y con la respiración entre cortada, me gritan ¡ ayúdanos!! Son dos niños de no más de 13 años.

    Atrás aparece el fatídico jeep, con dos militares corriendo a su lado, son las doce trece, estamos en la parte baja del puente, cualquiera sea la dirección que tomemos debemos iniciar una subida, el vehiculo frena delante de nosotros, no hay escapatoria, se bajan además, otros tres militares con luengas armas en sus brazos, ¡¡al suelo, al suelo! gritan frenéticamente apuntándonos, me tiro de guata, al caliente pavimento, siento como con la punta del fusil separan bruscamente mis piernas , al chico por intentar una frase le llega un culatazo en la espalda y el grito de ¡¡ Silencio !! Llena el aire de la noche, la niña tirita al lado de mi nuevo compañero de asfalto, no hay conmiseración de los militares con sus armas de pie, victoriosos, sobre tres adolescentes.

    Repentinamente se escuchan ruidos sobre el puente, se vislumbran siluetas y tres de los militares vuelven al subirse al jepp y emprender una fulminante carrera hacia donde se perciben los murmullos, pasan los minutos, nuevamente el silencio se rompe con los gritos de tres muchachos más que vienen trotando adelante del jeep, sigue con el mismo procedimiento, ¡al suelo! ¡¡Separando las piernas!! ¡Silencio!

    Somos seis cuerpos tendidos en la calle, la forma se repite en reiteradas ocasiones, cada ciertos minutos, atrapan un grupo de cinco bebedores, otros solitarios, una pareja capturada pleno coloquio en la oscuridad de la cancha de fútbol contigua, en total ya somos como veinte, la hora avanza, el pavimento ya no está caliente, no hay permiso para levantarse y las nuevas ordenes son… ¡Con la cabeza pegada al suelo! ¡¡Las manos entrelazadas sobre la nuca!!

    La noche progresa, los cuerpos en mutismo siguen adheridos al asfalto, todas las interrogantes han sido inhibidas con crueles culatazos en las costillas o los hombros, también patadas en el estómago para los insistentes o movedizos, somos veinte personas que luchan entre la congoja y el temor, sólo se escucha, ocasionalmente, el ruido de los motores de otros vehículos militares, que circulan por las avenidas desiertas.

    Pasa el tiempo, cuando los militares están fumando se escucha sobre nuestras cabezas el susurro borracho de unos indigentes que al parecer, buscan cobijo por el paso superior, los soldados ven otra oportunidad de aumentar su botín y emprenden una rápida carrera en su vehículo, emitiendo imprecaciones y amenazas, sólo queda uno de ellos convertido en nuestro guardián, que se pasea cerca de nuestros pies, con paso autoritario y vociferando, ¡cállense, cállense! Cuando todos estamos en silencio.

    Seguimos con el rabillo del ojo y con nuestros pensamientos las botas que sobre el paso a nivel persiguen a los borrachines, se comienza a escuchar el ruido de carreras sobre el puente, los gritos de ¡¡deténganse, deténganse!!! Pasos saltando por sobre los durmientes de la vía férrea, denotan la persecución, de pronto un alarido y a los breves segundos un seco golpe sobre el pavimento, a pocos metros de donde estamos tendidos, un ¡¡¡uhhhhhhhhhhh!! Surge espontáneamente entre los prisioneros, algunos se levantan raudamente y acuden a la ayuda del soldado que había caído por entre los durmientes del puente que sostenía la línea férrea, su cuerpo yace tendido, desarticulado en el pavimento, cubriendo su arma.

    El soldado, gime cuando los prisioneros estiran su humanidad para ponerlo de espaldas, el haber caído sobre su arma hace mas engorrosa la ayuda, una de las niñas, al parecer con ciertos conocimientos de primeros auxilios, pide que levanten al caído, ella toma desde debajo de su cuerpo, por el cañón, el arma y me la pasa instintivamente, tres ayudan, el soldado custodio entre ellos, yo atrás lívido con el arma en los brazos como meciendo a una guagua.

    Llegan los militares perseguidores en su vehiculo, bajan raudos y se acercan al herido, breves disquisiciones y deciden trasladarlo al hospital más cercano, dos prisioneros y un soldado lo suben cuidadosamente a la parte de atrás del jeep, se trepan todos en el coche y uno de ellos grita ¡ ya cabros váyanse pa’ la casa rapidito!

    Me acerco y paso la ametralladora silenciosamente a uno de los soldados, sin mediar gestos de extrañeza, el tipo dice ¡gracias! .Y deposita el arma bajo el asiento.

    El vehículo se comienza a mover, nos quedamos solos, abajo del puente San Eugenio, somos veinte, ahora sin carceleros, nos miramos las caras, algunos saludan, otros piden cigarros, se forman dos grupos que emprenden el camino en direcciones opuestas, son las 03.00 hrs. de la madrugada. Siento en la cara una brisa fresca, inicio el camino a casa.

  • Su Eminencia Metralleta Miranda

    Era el guerrillero del grupo, también el poeta y el intelectual, era capaz de citar a Kant y recitar a Whitman, tal era su adicción a la lucha armada que en el curso le decíamos “Metralleta Miranda”.

    Cuando ingresó a estudiar filosofía a la Universidad de Concepción, sabíamos que marchaba inevitablemente, hacia el camino de la revolución.

    Inicialmente las epístolas fueron frecuentes, la historia y la filosofía siempre se llevaron con la poesía, así que cruzaban por los aires rimas y pensamientos, reflexiones e interpretaciones.

    Con la llegada de los militares, se interrumpió radicalmente la comunicación, nunca ni una noticia más de Metralleta Miranda, algunos lo vieron en alguna reunión clandestina, otros informaban que había escapado al exilio luego de enfrentarse con armas a los militares, mas de alguien señalaba que estaba participando en las guerrillas nicaragüenses, en fin la vida del metralleta se apartaba bruscamente del rondar adolescente de libros, ajedrez, tabaco y chicas.

    Pasan los años, siguen las luchas, las teóricas y las otras, los contactos en Santa Rosa los sábados a las 14.30 hrs y el simple paso del tiempo. De nuestro compañero de curso nunca mas se supo, de hecho, algunos lo daban por muerto en el frente.

    Los imperativos económicos nos obligan a asumir trabajos esporádicos, en uno de éstos, un compañero de mutuas correrías, se ofrece de voluntario como “acomodador” de una ceremonia oficial, llamada Tedeum, que se realiza en la Catedral Católica y donde participan altos representantes civiles, religiosos y militares de nuestro país.

    Era el primer Tedeum de la Democracia al cual asistieron torturadores y torturados, exiliadores y exiliados, dictadores y demócratas, pesimistas y optimistas, dedo acusador y acusado, mi amigo fue uno de los encargados de recibir a las autoridades y llevarlas al asiento, previamente asignado.

    Pasan charreteras y alhajas, sotanas y condecoraciones, tules y sedas, el protocolo es estricto las palabras escasas, la ceremonia está por comenzar, afuera bandas militares llenan los aires con cánticos religiosos, adentro, cánticos religiosos son entonados por militares y las nuevas autoridades civiles.

    Mi amigo, desde la puerta principal, levanta la vista hacia el interior del templo, ya casi no quedan espacios adecuados, percibe que sólo dispone de un asiento, - súbitamente escucha una pausada y bien impostada voz “>Sr., ¿Usted es el encargado? Pregunta una solemne figura de luengo hábito negro y empinado sombrero episcopal, mi amigo consulta, ¿Cuál es su nombre? "..Ángel Miranda, soy el Pastor Ángel Miranda...", da un vistazo al listado de invitados y mira a la autoridad eclesiástica, abre los ojos y exhala una fuerte exclamación:
    ¡Metralleta Miranda! ¿Eres tú?

    Las personas que rodean la escena fijan la vista en los personajes, miran con incertidumbre - ¿Dónde me siento? - pregunta el alto dignatario, sin un ápice de alteración, El joven titubea, pero señala un grandilocuente - ¡..Sígame por favor!, Su Eminencia"-

    Inician el trayecto por el pasillo hacia las primeras filas del atrio, caminan uno delante del otro, “…wueón soy voh, tay vivo…! Musita mi amigo, siguen caminando, avanzan lentamente 10 - 20 metros, llegan al lugar asignado, le muestra su asiento y le dice con una inquieta sonrisa “…asiento Metralleta Miranda...”, el alto dignatario con su mano derecha recoge la abultada sotana y antes de tomar asiento, cabizbajo, con tranquilidad y majestuosidad responde, “Gracias Dumbo…”, era el sobrenombre que mi amigo tenía en el curso.

  • LA NOCHE DE FREDDY

    Una fría noche de invierno, fuimos a comer al barrio Bellavista, un grupo de amigos originarios del mismo colegio, cada uno con su norte por venir y con su sur por recordar, alrededor de las 22.00 horas llegamos en dos autos al lugar acordado, bullentes muchedumbres circulaban por la zona, entre restaurantes y ambulantes vendedores de velas e inciensos, afortunadamente encontramos estacionamiento en una pequeña calle, alumbrada con un arcaico farol entremedio de la niebla.

    Bajamos y cerramos todo con cuidado, un anciano se acerca y señala convincentemente el “… yo se los cuido patroncito…” la voz correspondía a un longevo, encorvado y flacuchento personaje de largo y raído abrigo, con un trillado gorro de lana cubriéndole hasta los ojos, hombros encogidos y viejos guantes de lana, con los dedos cortados para tomar mejor las monedas o el cigarrillo.

    El grupo ni siquiera contesta, entre bromas y conversaciones no hay espacio para más, nos espera una grata comida, la algarabía se escucha en el ambiente, ruido de música y conversaciones, risas y gritos repletan el lugar y las orejas, el cielo amenazante de lluvia

    Ingresamos al local que nos absorbe con el calor propio de los viernes nocturnos, ocupamos una mesa cerca de la ventana, desde allí se veía la calle, por ende los transeúntes y la movilización.

    Cada cierto rato una vetusta y arrugada faz se acercaba a la ventana, limpia con la manga el vaho del vidrio, pero éste es interior, el movimiento sirve para llamar la atención, apega su cara colocándose sus manos en semicírculo sobre las cejas, algo busca adentro, demasiada insistencia, sale el mozo y lo espanta.

    El hecho se repite en tres ocasiones, cada diez minutos aproximadamente, el sujeto se encuentra en el dintel de la puerta, pretende entrar, es bruscamente detenido por los mozos que lo conminan a abandonar el lugar

    A esas alturas, comentamos la situación, algunos creyeron que buscaba a alguien, otros que tenía hambre, los más no vieron nada, era un mendigo más, casi invisible en el paisaje.

    Emerges nuevamente a la calle, de madrugada, saciado el apetito y las ganas de conversar, soportando el intenso frío, enfilamos al estacionamiento para iniciar el regreso, la temperatura es tan baja que los vidrios están empañados, el grupo se separa, cuando me acerco al mío, me llama la atención que en el vidrio de atrás hay un escrito sobre la humedad de vidrio, decía un hola! grande y mi nombre abajo, me pareció extraño, pensé que era algunos de los amigos comensales.

    Alrededor del auto no se aprecia a nadie, subimos entumidamente e iniciamos la lenta circulación por la pequeña callejuela, nos quedamos para el final, dado que estábamos estacionados al término de la calle, y siguiendo el vetusto precepto de calentar el motor antes de iniciar la marcha.

    Al pasar cerca del farol se estira una sombra que sentado en un banco de madera, consumía una caja de vino, se acerca al auto y con la mano limpia la humedad del parabrisas, debía haber una temperatura bajo cero, el tipo pasaba la mano por sobre el escarchado vidrio, bajo la ventana lateral y penetra un rancio olor a vino barato, el mendigo estira la mano sobre la cual deposito unas míseras monedas.

    Cuando empiezo a subir el vidrio el personaje espeta “¿viste el mensaje? Chao………",da vueltas, se vuelve a su banco bajo el farol, nos miramos con mi compañero y al unísono bramamos, El Freddy!! Nos detenemos en medio de la desierta calle y emprendemos su seguimiento hacia el farol, Freddy....Freddy....!! repetimos su nombre mientras nos acercamos a su persona que lenta y remisamente se desplaza.

    Al llegar a su espacio, volvemos a llamarlo por su nombre, - hola! - ¿Cómo estay? Preguntamos estúpidamente, no contesta, se sienta en su banco bajo el farol y toma su caja de vino, la estira hacia nuestra persona… ¿quieren?

    Y comienza a relatar su historia. Nos cuenta que logró titularse de profesor de filosofía, luego de hacer la práctica con nosotros, en el público colegio de número inicial, pero que a poco andar, es detenido y llevado a Cuatro Alamos, donde le preguntan por guerrilleros, bombas y metralla, Freddy sabía de Sócrates, Nietzsche, y Freud, respuesta errada.

    No dan crédito a su ignorancia bélica y los sucesivos interrogatorios van haciendo mella en su desgarbada estructura, se levanta las mangas de su gastado abrigo y muestra las marcas en sus brazos, también en su cuello, - ¡miren como me dejaron! señala apremiantemente, mi amigo toma un sorbo de su caja de vino.

    El profesor de filosofía sigue su relato, ya estamos sentados a la vera de la calle, bajo la luz de farol y guarecidos al calor de una nueva caja de vino, nos expresa sus pesares, la prisión, la celda mojada, la electricidad en el cuerpo, su libertad final, ríe y llora, se expresa coherentemente, bebe y bebe.

    A lo lejos suena una sirena militar, sus ojos se abren desorbitadamente agobiados, la sirena de siente más fuerte, vuelve beber y su cuerpo comienza a convulsionar, la patrulla ingresa a la calle, se detiene frente al auto, bajan raudamente dos militares armados.

    El Freddy de un salto se tiende bruscamente frente a los pies militares, extiende los brazos y abre las piernas, su nariz pegada al pavimento, grita, ¡¡yo no fui, yo no fui!!, lo repite persistentemente.

    Su cuerpo tiene convulsiones, una bota lo hace a un lado y nos pregunta directamente ¿¿quien dejó ese auto ahí?? ¡Ya! Muévanlo rápido que obstaculiza el tránsito, nos subimos, el militar apunta con la metralleta el camino y señala, muévanse, muévanse!! Iniciamos el trayecto hacia la esquina, por el vidrio trasero, aún, con aquel mensaje, apreciamos entre la neblina al Freddy apretujado en el suelo, percibimos sus espasmos, doblamos a la derecha, y en breves momentos rodeamos la cuadra y retornamos a aparecer en el sitio, ya no hay nadie en él, ni rastros del Freddy, ni de la patrulla militar, nadie a quien preguntarle, tampoco. Sólo unas vacías cajas de vino barato debajo de una añosa banca alumbrada por un farol.

    Volvimos a la noche siguiente, también el viernes siguiente, y dos más, nunca lo volvimos a ver.
    Algunos dicen que lo vieron deambulado por el parque forestal recitando silogismos.

    Todos los hombres son mortales, Sócrates es mortal, por lo tanto Sócrates es un hombre”, al igual que en clases.

  • Primo del Sur.......

    Cuando abrí la puerta no me imaginaba encontrar a un personaje de esas características, un militar de 1.80, riguroso uniforme de combate, pelo extremadamente corto, inclinada boina verde sobre su cabeza, erguido y marcial sobre el dintel de la puerta, seguramente mi gesto atónito se vio aumentado, cuando aún sin separar los tacos de sus botas me estepa un claro y nítido “ Buenas tardes primo….! “

    El asombro fue de tal magnitud que vine a recobrar la estabilidad 15 minutos después cuando, sentado en el comedor hogareño, discutía con mi familia, la fecha en que vendría a instalarse en mi hogar, dada su nueva destinación en la ciudad de Santiago.

    Mi vida de estudiante universitario se iba a ver bruscamente trastocada por este nuevo integrante familiar, que ya depositaba sus pertenencias en mi pieza, entre libros, afiches y canciones que hablaban de revolución.

    Eran los tiempos de la persecución y el soplonaje, bastaba que algún vecino te acusara de comunista, para que las fuerzas de seguridad invadieran tu casa, en búsqueda frenética de grupos guerrilleros o a lo menos de literatura marxista.

    Pernoctaría en mi casa y mi pieza, desde el viernes en la tarde, al domingo en la noche, cuando volvería a su cuartel, todo un problema, mi casa era el punto de reunión de amigos y compañeros de estudios, la mayoría con el corazón al mismo lado.

    Reuniones suspendidas hasta nuevas destinaciones.

    Comenzamos las conversaciones con la desconfianza propia de dos mundos tan distintos, no hubo preguntas por libros y música, tampoco especificaciones del tipo de trabajo desarrollado por el uniformado en cuestión.

    Rápidamente brotaron como punto de encuentro los lazos sanguíneos y tácitos acuerdos de no intromisión en aspectos personales del otro, dos vidas paralelas que buscaban la forma de huir de la pobreza, afuera resonaban tambores de guerra, a veces gritos y disparos, otras silencios de cementerio.

    Cada fin de semana la confianza aumentaba, se ampliaba la temática de conversación acercándose peligrosamente a la realidad nacional, aumentando incluso el número de conversadores, se integraron los compañeros de estudio y amigos del cuartel del primo.

    Aquellos fines de semana se fueron transformando en encuentros mágicos, la pieza llena de humo y piscolas era protagonista de discusiones entre “cuadros políticos “ y tenientes y capitanes.

    Mis amigos y los de mi primo disputaban argumentos y cigarrillos, “… que la tortura y la violencia…” “…que los atentados y el orden público…” la puerta de la pieza siempre abierta, para quien se quiera marchar. Nadie lo hizo nunca.

    Pasaron dos meses….durante la semana, los diarios dan cuenta de un enfrentamiento en calle Santa Rosa, una patrulla militar había allanado una casa, una ratonera según el léxico militar de la época, dos muertos y cinco detenidos.

    Inéditamente en aquel fin de semana no asistieron varios del grupo, el ambiente se percibía abatido, no habían ganas de hablar, sólo de escuchar música triste y beber en silencio. Una llamada telefónica, contesta mi primo, “…tienen que ir al instituto médico legal…” expresa con el auricular en la mano, no hay mas comentarios, solo angustia.

    En la semana, entregaron el cuerpo de nuestro amigo universitario, el otro detenido se reintegró a clases a mediados de semana, por una súbita liberación, según supimos después firmada por un capitán.

    Nunca se volvió a reunir el grupo aquel, se reiniciaron las conversaciones, sólo mi primo y yo, en algún momento, me cuenta que su amigo, ya no estaba en su destacamento.

    Meses después comentamos una carta llegada desde Australia, era el Capitán que desde su nueva vida, pedía perdón, ese fin de semana mi primo llegó muy tarde y se retiró muy temprano.

  • La Canción Nacional con discurso.

    Corrían los primeros años del trabajo, donde se conciliaba la necesidad de financiar estudios y aportar a casa, con los últimos estertores de una adolescencia ya demasiado larga. Era el paso de las silla estudiantil a la de adelante, esa solitaria, denostada y proscrita de grandes sueños.

    Nadie habla con nadie, solo temas de trabajo, hay que desconfiar del colega, muchos genuflextos halagadores de las políticas educacionales sonríen, estás solo, con el sueño roto y los temores cubriendo las palabras y las acciones.

    Gente nueva, miedos permanentes.

    Y tenía que tocarme a mí, el primer Acto Cívico de la temporada, el encuentro del establecimiento educacional con la comunidad, uniformes con abundantes barras doradas escucharán tus reflexiones respecto del nacionalismo, según la orden.

    Y tenía que tocarme mi, nada se puede hacer, ni un corcoveo, el mas elemental puede costar caro, no el trabajo, la libertad y algo mas.

    Estas sólo con todos, una nueva canción nacional, nuevas estrofas son la obligación de entonar. ¡Fuerte y claro! Es la orden.

    Mientras la pena se agranda en el corazón, las voces adolescentes aprenden en cada jornada esas estrofas que hablan de valentía e hijos, soldados y país. Los jóvenes entonan una y otra vez, una y otra vez la extensión aplicada a la canción nacional. Por los parlantes se escuchan mañanas completas, nunca fallan.

    Preparo mi discurso sobre el nacionalismo, me inclino por enarbolar intelectualoides verbos y sustantivos, complicadas oraciones y escasa ideas, debo entregarlo previamente para que la censura lo apruebe.

    La institución se cubre de banderas e inquietudes, algo raro se percibe en el ambiente, pareciera que es una celebración de ojos tristes.

    No, es sólo imaginación o reflejo.

    Llega el gran día, las autoridades están mejor vestidas que otros lunes, los patios están mas limpios que otros martes, sillas y banderas adornan las penas, nos preparamos para nuestro examen de nacionalismo ante las autoridades.

    Todos de pie! Comienza el Himno Nacional, con los ojos en el infinito entonamos la canción, fuerte y claro según la orden, se aproxima la estrofa aquella, todos sabemos que el otro cantará.

    Al empezar los primeros sones, los parlantes enmudecen algunos segundos, una frase, el auditórium sigue cantando, luego nuevamente se escuchan los sones por los parlantes, y queda la hecatombe, las autoridades cantan según lo acordado, los jóvenes vienen de atrás y los parlantes mas atrás, es decir una alegoría a un coro de payasos, pero todos siguen, con perplejidad en los ojos y una seriedad adusta en la cara.

    Unos terminan primero, otros después, los parlantes al final, un caos cacofónico. Pareciera que nadie se entera.

    Viene mi discurso repleto de alegorías, multitudes de metáforas, alambicadas palabras que hicieron inentendible cualquier idea, todos miraban serios, nadie deducía nada, pero se mencionaba a Platón y a Herodoto, así que había que aparentar, continuaron los razonamientos inconexos y falsas elucubraciones, para finalizar con un aplauso cerrado, el sentirse ignorante también provoca temor.

    Del resto del acto no me acuerdo, sólo hubo una persona que me expresó un comentario interesante, era de la hombre encargado de los micrófonos y de colocar el bendito casette con la canción nacional, al término del acto, se acercó a mi me saludó con una leve sonrisa, pero con los ojos brillantes y me dijo “….a usted le pasó lo mismo que a mi ah? Se le desconectaron los parlantes cuando no debían…., que pena ah?”

    El apretón de manos fue fuerte, ya éramos dos.

  • El gato y la flaca.

    Fue de esos enamoramientos fulminantes de la universidad, los dos más disímiles compañeros, el artista y la intelectual, el loco feo con rasgos felinos y la cuiquita retraída, no podían ser más diferentes, tal vez por eso el flechazo fue mayúsculo, explotó en el centro de la carrera, se mantuvo con el paso del tiempo a pesar de nuestras intromisiones y de la oposición de la familia de la niña.

    Encontraban al sujeto, demasiado liberal, hippiento y con inequívocos rasgos izquierdosos, algo no admisible en una familia tradicional, con un público y respetable apoyo al nuevo gobierno militar.

    Pero la política no era parte del cuento de esos dos, para ella el estudio y el gato, para él la pintura y la flaca, el estudio sólo a veces, fueron la primera pareja de la carrera y la única que trascendió el primer año.

    Allá por septiembre del segundo año, a las 9.00 hrs. Nuestro felino amigo fumaba y fumaba, cosa muy extraña en él, el típico corrillo preguntamos por la ausencia de su flaca a la prueba de Geo Física, “…anda en el ginecólogo…” contesta, después todo se desencadena, el embarazo, rechazo familiar, apoyo de los compañeros, el padre de la flaca, buscando por la universidad al gato, ella llorando por los pasillos, un drama.

    Con el simple paso del tiempo, las cosas retoman cierta normalidad, hasta que nuestro amigo nos impacta con la gran noticia. "..Nos casamos! Por el civil el 30 y por la iglesia a la semana siguiente...."

    Los preparativos comienzan de inmediato, era un acontecimiento que incluso involucró a los profesores, conseguimos un hermoso terno negro para el novio, todos nos preparamos para asistir a las 8.30 hrs. al registro civil de la comuna de Nuñoa, incluso algunos fuimos capaces de ponernos corbata.

    Llegó el día, la familia de la novia en pleno, ella elegante, garbosa; los compañeros de los contrayentes, bulliciosos hediondos a perfumes y también nerviosos, la flaca…. Linda.

    Llega la hora y el gato no aparece, "...es un atraso normal dicen algunos, ¡Que fresco! Si la que debe atrasarse es la novia dicen otros……" pasan los minutos y las caras comienzan a cambiar su semblante.

    Ya no hay bromas, ¿Que le habrá pasado? Nos preguntamos, la flaca cada vez mas inquieta, su padre pasa de la seriedad al enojo, su preocupación inicial se transforma en una alteración descontrolada, “…que ese picante….., que yo sabía que esto iba a pasar……., que te lo advertí……” y así continuaba, hasta que clava sus ojos en nuestro grupo, mientras la flaca llora en los brazos de su amiga del alma.

    “…. ¿¿¿ Y ustedes??? Lárguense de aquí, que también son culpables de esto….”

    No hay argumento que valga, somos expulsados por la familia de la novia.

    Nos trasladamos a la universidad mientras nos sacábamos corbatas y sacos, los pies acostumbrados a las zapatillas, duelen, los zapatos no son lo mismo.

    Ahí tampoco está el gato, poco antes de almuerzo un grupo decide ir a su casa, distante una hora de la universidad, somos tres, llegamos al pasaje, donde más de una vez nos habíamos juntado a estudiar o hacer como que estudiábamos.

    Golpeamos, nadie abre, insistimos, nada. Se abre la puerta de la casa del frente, aparece una pequeña de unos trece años, en uniforme de escolar, “...al gato se lo llevaron preso...” nos señala sin anestesia, “…vinieron unos milicos y los sacaron a patadas de la casa, lo metieron al jeep y se fueron, iba vestido con un terno negro…. “

    A la semana siguiente vuelve la flaca a clases, estaba distante, hablaba poco, nada era igual, su abdomen seguía creciendo.

    Del gato no teníamos noticias, algunos decían que estaba en el sur del país, otros que en Villa Grimaldi o José Domingo Cañas.

    Pasó un mes, luego otro, sin noticias, las pruebas finales nos hacian retornar a una inconcebible normalidad.

    Al atardecer de un viernes de veraniego, cuando compartíamos un pan con huevo y un cigarrillo, entra por el pasillo de la facultad un hombre grande, vestido pobremente con un terno raido y arrugado, parece del campo, mira temerosamente a los grupos de estudiantes, en su brazo, un pequeño paquete envuelto en papel de diario, amarrado con un deshilachado cordel café, pregunta a diversos grupos de estudiantes algo que no escuchamos, se acerca progresivamente al grupo y nos da el nombre de la flaca, "...¿dónde la encuentro?... Pregunta.

    Le indicamos la sala del frente, sentada revisando sus cuadernos, ahí está.

    Enfila sus pasos hacia ella, nosotros detrás de él, se ubica en el dintel de la puerta, la nombra interrogativamente, ella levanta la vista y el hombre le dice “… le traigo un encargo, me soltaron del cuartel Borgoño, hace algunos días, ahí alguien me dio su nombre y donde podía ubicarla, me pidió que le entregara esto…”

    Lo dijo, entrega el paquete y se retira rápidamente, cruza por nuestro grupo y desaparece con la cabeza agachada.

    La flaca recibe el paquete, lo mira y nos mira a nosotros, con su mano izquierda rompe el papel y descubre una pequeña pintura, sobre un fondo verde, un payaso, colorido, alegre, sonriente, en el ángulo inferior derecho el nombre del negro.

    Al reverso una leyenda “…te amo, cuida mi niño…”

    Mi amigo el gato, es un detenido desaparecido.

  • El Padre

    Era el tipo de persona que alegra el día, hijo de población obrera, con grandes sueños, fanático del fútbol y meloso halagador de féminas, siempre optimista, aunque el día estuviera nublado y los pensamientos tristes.

    Su padre era un suboficial del ejército, por consiguiente pobre. universitario penitente, que sabía que ahí estaba la oportunidad de mejorar el perfume, vivía para el deporte y la política, los domingos de cancha de tierra en la mañana, y con los contactos al atardecer.

    Nos veíamos apenas, me llamó la atención su inevitable respuesta al saludo de ¿Cómo estás? La respuesta siempre fue… espléndido!
    Aunque arreciara el hambre y la congoja.

    En aquella oportunidad fuimos a su casa para pedirle la lista de compañeros de la Facultad que estaban dispuestos a participar...

    Caminando hacia ella, sentimos el ulular de una sirena, instintivamente nos alejamos de la vereda, nos sobrepasa una patrulla, dos coches, militares adentro, se desplazan rápidamente por la calle y se detienen frente a la casa que era nuestro destino.

    Desciende un militar, pequeño, moreno, de piernas arqueadas; entra rápidamente, a la casa, no necesita golpear, le abren la puerta, se desplaza hacia la pieza de nuestro amigo y le pregunta ansiosamente, " la lista, dáme la lista!

    ”…no sé de que hablas….” responde el joven….

    Entonces “…Deberé llevarte al cuartel…” le dice el militar, el chico levanta los hombros, ¿Eso es lo que tienes que hacer? Le pregunta….

    El suboficial asiente con la cabeza…..

    La mujer que en el dintel de la puerta escucha, aprieta compulsivamente las manos sobre el delantal, el cuarto se inunda del olor a la comida cotidiana, la olla hierve sin parar en la cocina.

    Sus ojos trasuntan tristezas, penas infinitas, sin lágrimas.

    El chico levanta los brazos, cruza las manos detrás de la cabeza, inicia el camino a la calle, el militar lo detiene, manotea y grita “… ¡así no!.... “… ¡así no!....sale normalmente, y sube al auto…”.

    El militar le pasa un bolso deportivo a la mujer y le dice "...póngale algo de ropa..."

    El universitario baja sus manos, hunde los hombros y la cabeza, se aproxima a la puerta de su casa de siempre, la abre y se adelanta al sol, mira el barrio, al frente el almacenero, a un lado la señora Georgina y en la casa del otro lado, los bulliciosos vecinos de siempre, ahora asombrados, sin entender; mira hacia la esquina, nos ve, sin mirarnos.

    El padre le toma la cabeza y la baja para que no se golpee con el techo del auto, sube al asiento trasero, muchas veces lo había hecho antes; tres atrás, el chico al centro, el militar le dice “….agáchate, no quiero que los vecinos vean que te llevo preso….”

    El chico apoya su cabeza en las piernas del padre, éste le cubre, con una frazada, el coche emprende la huida, vuelve a sonar la sirena, las lágrimas ruedan bajo la manta y mojan los pantalones del militar, el coche se va al cuartel, misión cumplida.

    Desde la esquina vemos como la patrulla dobla la esquina y desaparece, una mujer con un bolso deportivo en sus manos, llora detrás de la puerta, es sábado, hora de almuerzo. Nadie vendrá.

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